Vivir, para mí, fue una maldición. La pesadilla de algún Dios griego que, injuriando la mortal humanidad, logró convertirme, vivir en mí. Llevo, encerrado en mi alma, un demonio dionisiaco, la brutalidad de la tragedia, la vieja creencia en Caronte y sus monedas. Maldito cancerbero que no me llama. Malditas las letras que viven de mí. Maldito. Bestial, el juramento de no olvidar la traición. La maldición de la Escribita.
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